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El infierno de los “garimpeiros del Guaire”

Menores de edad buscan en el agua contaminada tesoros perdidos. Prefieren trabajar sin medir las consecuencias para su salud que caer en la delincuencia

Eduardo Ponte | eponte@el-nacional.com

Video: Abraham Tovar |@abraham95o

Caracas, como muchas capitales del mundo, está surcada por un río. Sus aguas son el testimonio de todo lo que arrastra una de las ciudades más violentas del mundo. El color turbulento no permite ver lo que yace en el fondo: oro y otros metales preciosos. Pero antes de llegar al botín, se debe pasar por el infierno. “Esto es del demonio. Por aquí navega el diablo”, asegura Arelis Ortuño, una de las personas que trabaja como “garimpeiro del Guaire”. Son las 11:00 am y Ortuño lleva varias horas encorvada, casi doblada trabajando sin desayunar. Su instrumento de trabajo es una cuchara que mueve en círculos hasta que descubre, entre el lodo, el ínfimo destello de 0,90 gramos de metal pesado, dúctil y de color amarillo. “Son los restos de una guaya”, dijo emocionada porque consiguió una prenda que alguna mujer dejó escapar por el desagüe. Sonríe y su gesto curva las gotas de sudor que recorren su rostro. Ahora tiene lo que se convertirá en el mercado negro en 80.000 bolívares.

La jornada inicia bajo un sol inclemente. No usa ni guantes, ni botas. Su tostada piel está al descubierto en las riberas del disoluto afluente caraqueño, de 72 kilómetros de longitud. Es su extraña y poco higiénica manera de “rebuscarse”. “Esto es terrible. ¿Pero qué se hace? No se lo recomiendo a nadie”, se queja mientras pasa suavemente sus dedos por las apestosas aguas. Luego vuelve y despliega una sonrisa alargada, casi privada, y comenta: “Ustedes son periodistas decentes. Se ven decentes. No todos nos tratan igual”.

El sol del mediodía desdibuja el rostro de Ortuño. No es una mujer ansiosa, pero sí arisca. Tiene la rudeza de los que sobrevivieron y lograron hacerse espacio en un mundo que pareciera demostrarles que sobran, que no son necesarios. “Nadie nos ayuda. Este gobierno nos tiene pasando hambre, mucha hambre”, afirma. El paisaje, marrón y fétido, no es impedimento para que la mujer busque alguna riqueza que le deje el río más contaminado de Caracas, en el que a diario se ve caminando por sus veredas a niños y mujeres. “A mí no me gusta. Yo no me meto completo, solo en la orillita. Si me sumerjo, muero”. La crisis en Venezuela y la falta de oportunidades fue el empuje para dedicarse a este oficio. “Yo también soy carretillera. Este no es mi único trabajo”, aclara.

Para su sobrino, de 15 años de edad, trabajar en el Guaire es parte de su vida. “Estoy aquí desde los 10 años”, dice mientras muestra orgulloso los restos de una cadena de oro que acaba de encontrar. La mayoría ha estado por estas quebradas desde la infancia, dejando de lado todo el miedo a las corrientes del río. Están enfocados en el metal brillante que los “haga millonarios” o por lo menos que les permita sobrevivir. Ortuño escucha atenta a su sobrino. Pasan unos minutos en total silencio, hasta que irrumpe, de nuevo, su voz: “Odio estar acá: todo esto ya me tiene cansada”. Se detiene, resopla, levanta el dedo índice, señala el horizonte haciendo un semicírculo y dice: “¿Yo ni siquiera sé qué hago aquí?”. Se pierde en la inmensidad de la quebrada molesta con ella misma. Parece envuelta en una burbuja de tristeza, resignada a que este modo de vida durará para siempre.

Otro indigente, de 16 años de edad, de figura delgada y rostro nostálgico, sostiene que por comida y ropa prefiere arriesgar su vida en ese oficio antes de “caer en la delincuencia”. “Estamos aquí por la crisis que se vive en el país. No somos malandros”, grita uno de los muchachos, mientras sube por la quebrada hasta donde está el equipo de El Nacional Web. “La gente se burla de nosotros: ‘¿estás sacando oro o mierda?”, les gritan. Luis David Patiño es otro de los “garimpeiros del Guaire”. Tiene 15 años de edad, pero lleva cinco trabajando como “minero en el río”. Todavía recuerda cuando su tía lo llevó por primera vez. ¿Qué es lo más extraño que has conseguido? Su respuesta es enigmática: “De todo”. Luego señala a los zamuros en la basura, que parsimoniosamente extienden sus alas.

Su historia es alarmante. Se muerde las uñas y mira al resto de sus compañeros con reserva. Su cuerpecito se oculta dentro de una ruñida franela dos tallas más grandes. Tiene la fe puesta en el río. “Espero que esto me ayude a superarme para poder estudiar”. Recuerda, a punto de llorar, que antes era un delincuente: “Hasta hace algunos meses era malandro. Secuestraba, robaba y extorsionaba”. El menor de edad insiste que no se alimenta bien. “Comemos de la basura y de lo que gentilmente nos da cualquiera”.Los “garimpeiros del río Guaire” proliferan en busca del tesoro perdido. “Cada día somos más menores de edad dedicados a esto”, comenta una de las niñas presentes, quien prefirió mantener su identidad en el anonimato.

Más de seis niños se pueden ver sumergidos en las aguas servidas sin temor a infecciones. “Ya estamos acostumbrados al olor. No nos enfermamos”, agrega. Patiño labora de lunes a lunes, desde las 8:00 am hasta las 4:00 pm. “Es un trabajo sano, para no caer en la delincuencia”, sostiene desde las orillas del torrente a la altura de La California Sur. Escenas similares también se repiten en las zonas del río ubicadas en El Paraíso, San Martín, Caño Amarillo y la Universidad Central de Venezuela. Patiño, con los pies destrozados de tanto caminar y las uñas carcomidas por el lodo, asegura que en un día de “suerte” puede llegar a sacar más de 500.000 bolívares en piezas. Las historias de estos “garimpeiros” se van consumiendo al ritmo de la tarde. Si no fuera por sus carcajadas, reinaría en este minúsculo rincón de Caracas un silencio apenas zumbado por el tamborileo regular de la corriente. El lugar es un hervidero. El cielo está despejado. Patiño, por ahora, envuelve su mínimo botín en un pequeño plástico y regresa a su casa, un banquito de una plaza en Altamira. Se persigna: “En el nombre de Dios”. Espera tener más suerte mañana.