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El silencio de Catia

Isaac González

Una extraña sensación de miedo rodea a Catia. Aunque la gente camine en el bulevar sin que ocurra nada peligroso, hay en el aire una impresión de espanto. “Ellos saben todo lo que pasa”, así responde un ciudadano cuando se le pregunta por los “innombrables colectivos” que hacen vida en el sector. Pero hasta ahí se queda. Es prácticamente un secreto a voces que existen organizaciones armadas que apoyan al gobierno. Desde que en abril iniciaron las protestas masivas contra el presidente Nicolás Maduro, Catia, desde Gato Negro hasta Propatria, fue propagada de grafitis que muestran claramente la esencia de lo que se supone es un “colectivo”: un sujeto vestido de civil apuntando con un arma larga; además, estos dibujos tienen un mensaje de advertencia: “Los colectivos tomamos Caracas en defensa de la revolución”.

El 16 de julio el temor “irracional” se volvió realidad. En medio de una alegre manifestación en favor de la consulta popular convocada por la oposición en el punto soberano de la iglesia El Carmen, un grupo de sujetos disparó armas de fuego y acabó con un hecho que no había pasado en 20 años de chavismo, una rebelión pacífica de residentes de Catia contra el oficialismo.

El tiroteo dejó una persona fallecida y tres heridos. Ya voceros de la revolución culparon a la oposición de la violencia, pero la verdad es que mientras los agresores disparaban la Policía Nacional Bolivariana, que presumía de su nuevo uniforme, no hizo nada para detenerlos. La historia fue diferente en el punto soberano de la plaza El Cristo, donde, al igual que en El Carmen, la participación sorprendió a muchos. “La gente lloraba, cantaba. Era increíble. Había demasiadas personas, no tenían miedo”, cuenta Willy Muñoz, habitante del sector de 36 años de edad.

Una joven que acudió al punto de la iglesia, y que prefirió resguardar su nombre, cuenta que luego del ataque armado no pudo firmar contra la asamblea nacional constituyente impulsada por el chavismo. “Me tocó devolverme. Lo peor es que conocía a unos cuantos, llegamos a hacer un trabajo comunal. Mi propia comunidad me iba a coñazear. Ellos intentaron agredirnos. Pudieron hacerlo con unos pero yo me coloqué detrás de la Policía”. Luis Suárez, que también estuvo durante la agresión, señala que los “colectivos”, cuando la gente se resguardó en la iglesia, metieron sus pistolas por las ventanas para amedrentar y trataron de tumbar las rejas: “Las personas empezaron a gritar y rezar. Luego nos sacaron con un cordón hecho por la Policía”.

A pesar de la violencia que hubo, el 16 de julio marca un antes y un después en la historia de Catia, que con todo el miedo que tiene generó en la avenida Sucre una cola que llegaba hasta la autopista Francisco Fajardo, y en la plaza El Cristo el punto soberano no se daba abasto para tantos ciudadanos. Antes de la consulta, en la popular zona no se habían visto manifestaciones antigubernamentales. Por ejemplo, el 22 de junio, fecha en que mataron a David Vallenilla en La Carlota, el bulevar de Catia estaba impasible, como si no hubiera pasado nada. La rutina era igual que todos los días: muchísima gente caminando de un lado a otro, los bachaqueros vendiendo productos desaparecidos a precios impagables (bajo la mirada pasiva de la Policía), los borrachitos tirados en los bancos, los predicadores gritando en la plaza Pérez Bonalde, comerciantes ofreciendo café, cigarros o golosinas; todo eso mientras otra familia se enlutaba tras perder un hijo en medio de una protesta.

De las zonas del municipio Libertador, Catia era la única en la que no se habían registrado manifestaciones contra Maduro, a pesar de que hay problemas con la distribución del gas doméstico, la inseguridad y la escasez de alimentos y medicinas. Las protestas son más bien “silenciosas”. En el mercado, aunque está lleno de empolvados afiches de Hugo Chávez, la gente se queja constantemente de los precios de los productos. “¡El pescado volvió a subir! Imagínate, yo no sé qué vamos a comer”, expresa una señora que compra un kilo de sardinas fileteadas. Por más “tranquilidad” que demuestre, los establecimientos de Catia no escapan de la inflación: un kilo de carne cuesta 17.000, el de pollo 15.000 y el de atún 17.000; un cartón de huevos alcanza los 15.000 bolívares y el kilo de caraotas puede costar 12.000. Semanalmente los montos suben y raras veces se mantienen por al menos un mes.

La gente no resuelve con la caja de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, que aunque sea pagada con antelación, puede tardarse hasta dos meses. A veces hasta llega en la madrugada y los residentes deben levantarse para recibirla. Por eso muchos han optado por comprarle a los bachaqueros, que ofrecen hasta artículos del CLAP, como la harina Maseca, la cual ofrecen en 8.000 bolívares. Asimismo venden aceite de litro en 15.000, Harina Pan en 10.000, pañales en 20.000, azúcar en 10.000, pasta dental en 8.000 ó 10.000, toallas íntimas en 7.000, y arroz y pasta en 8.000 ó 10.000. Ya es una práctica común. Funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana, la PNB o Policaracas pasan y no hacen absolutamente nada. Una que otras veces los vendedores se “asustan” y guardan rápidamente los productos, pero en pocos minutos regresan.

Marialbert Barrios, diputada a la Asamblea Nacional por el circuito 1 de Caracas, explica que en Catia las manifestaciones que suceden están relacionadas con carencias sociales: “Son en cuanto al malestar de la gente, como la falta de vivienda, la escasez de alimentos o porque no ha llegado la bombona de gas”. De este modo las protestas se evidencian en hechos como una cola por comprar pan o medicamentos, donde la gente se expresa “así sea hablando mal del gobierno”. Reconoce que las protestas en la zona no llegan al punto de llenar la avenida Sucre porque está el problema de que existen “fuerzas el gobierno” dispuestas a generar miedo y a amedrentar a los residentes. “Por eso el ciudadano prefiere resumir su protesta a su necesidad. La gente sí sale: todos los días a una cola a buscar alimentos, a comprar pan. Eso es un mensaje claro a este gobierno”. Aunque admite que no es especialista en el asunto de los “colectivos”, Barrios afirma que son objeto de mucho rechazo en los sectores populares.

Sobre lo que señala la legisladora, hay un caso público y comunicacional. Una manifestación, pero no protagonizada por opositores, sino por chavistas. El 12 de junio un grupo de personas de varios refugios, vestidos de rojo y con pancartas en apoyo a la constituyente, trancó la avenida Sucre. Se quejaban de que tenían más de cuatro años esperando por viviendas. Desde las 6:00 am mantuvieron cerrada la vía y advertían que no iban a retirarse hasta que les solucionaran sus problemas. Después llegaron funcionarios de la GNB y la PNB para mediar la situación, pero la protesta continuó. Los ciudadanos reabrieron el paso a las 9:00 am cuando apareció Carolina Cestari, jefa de gobierno del Distrito Capital. Al final de la manifestación, una ciudadana afirmó: “Esto beneficia es a la oposición”.

Favorezca o no a la oposición, el descontento en Catia ya no se traduce solo a que el chavismo la perdió en las elecciones parlamentarias de 2015. Algunos consideran que la zona estaba dormida, indiferente ante la crisis del país, pero como dijo una abuelita cuando fue a votar en el plebiscito en la iglesia El Carmen: “Hace tiempo que despertó, pero no se habían dado cuenta”.