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Caracas: Baluarte político que se sume en la decadencia

La capital de Venezuela presenta problemas que abarcan a todos los estratos sociales. El centro, Plaza Venezuela, Sabana Grande y Los Dos Caminos, tienen historias que muestran la vida de los venezolanos en la metrópolis

Juan Da Ponte | @JuanSalvadorD

Video: Abraham Tovar | @abraham95o

Caracas es el reflejo del deterioro y el desdén de sus gobernantes. Ciudadanos de diferentes estratos sociales denuncian la inseguridad, el alto costo de la vida y el desempleo como sus principales problemas. La capital donde están los poderes públicos es calificada de lugar horrendo, zona en estado crítico o escenario de locuras nunca antes vistas en su pasado.

En su centro y en los cuatro puntos cardinales, “La Caracas de los techos rojos”, que presentó Enrique Bernardo Núñez en su libro, no es la misma. El desgaste se observa en sus edificios, calles y en la cultura de sus habitantes.

Aunque la plaza Bolívar y los teatros están mantenidos, las avenidas y bulevares que los rodean tienen características que marcan los sentidos: El tráfico de personas y carros sin orden, semáforos dañados y ausencia policial. Los tropiezos en las aceras y los empujones de los conciudadanos. El olfato que se confunde en una mezcla aromática de basura, comida de restaurantes y humo de carros. El ruido, que aunque es usual, en él se perciben quejas sobre la crisis o groserías e insultos.

Al caminar por la plaza Caracas, una de las más emblemáticas de la ciudad, se observan las grietas entre las baldosas. Los pasillos subterráneos entre las torres del Centro Simón Bolívar, que otrora se hicieron para comerciantes, ahora están a oscuras y sin seguridad. Las escaleras están llenas de desperdicios y la mayoría de los establecimientos cerrados. La responsabilidad de los arreglos de esta área son de la Corporación del Distrito Capital (Corpocapital). Los vendedores coincidieron en que la vigilancia en los pasillos es esencial. Sin ella, los delincuentes roban a los clientes y causan que bajen las ventas.

Zuleyda Domínguez, quien ha trabajado desde hace 15 años en distintas tiendas, explicó que los propietarios serían capaces de pagar más siempre que se atienda esta situación y que las condiciones mejoren.“Esto antes estaba iluminado, aseado y la inseguridad no era tan fuerte. Trabajábamos hasta las 6:00 pm y ahora no, el horario lo cambiamos de 8:30 am a 4:30 pm. Buena parte de los locales están cerrados no solo por la situación económica, sino por la falta de clientela que causan los atracos aquí”, señaló. En los pasillos oscuros, coloreados con grafitis y carcomidos por el tiempo, también se manifiesta la falta de conciencia de los transeúntes. “Las personas hacen sus necesidades aquí y algunos hasta tienen relaciones sexuales”, añadió con un tono de voz que denotaba indignación Milena Avilez, encargada de otra tienda.

Estos y otros dificultades se replican en toda Caracas. Afectan a personas con distintos orígenes y actitudes. Unos perciben una remuneración periódica y tienen hogar, otros dependen de trabajos informales que los condicionan a hacer sacrificios y los últimos piden dinero o sencillamente obtienen lo que comen de la basura.

Supervivencia

Vicente, Luis y Karina son parte del último grupo. Se instalaron en el distribuidor de Plaza Venezuela, a un lado de la autopista Francisco Fajardo, allí duermen y cocinan. La comida la reciben mediante donaciones o la hallan al revisar las bolsas de basura. Una mañana de julio, en la que los periodistas de El Nacional Web los entrevistaron, la situación era un poco diferente. Vicente encontró unas caraotas, las iba cocer para comer. Mientras el fuego que se producía de la leña calentaba la olla chamuscada, todos esperaban que la ropa recién lavada se secara en el sol de las 11:00 am. Dos pantalones y un par de camisas se escurrían frente al mural de Zapata. “En la mañana nos levantamos a lavar y bañarnos. Después, nos vamos con unos muchachos hacia el este a jurungar las bolsas para buscar comida. No tenemos a nadie que nos apoye en nuestra situación, ya no hay empleo como antes. A veces contratan por dos meses, pero después te botan”, explicó Vicente, quien tiene 51 años.

Al igual que otros habitantes de las calles, se bañan y lavan sus pertenencias detrás de los estadios de la Universidad Central de Venezuela (UCV), en la ribera del río Guaire. Un paso empedrado conduce desde la acera hasta un chorro de un agua limpia, que cae hacia la corriente. Usan restos de jabón y champú que consiguen en sus incursiones para asearse lo mejor que pueden. “Acuérdense de uno por favor. No nos desprecien, uno es lo que sea, pero es un ser humano. Quiero que me ayuden, aunque sea para ir a un refugio”, indicó Karina, quien aseguró que está dispuesta a trabajar para costear su vida y recuperarse para ver a sus hijos de nuevo.

Crisis en Negra Hipólita

Los caraqueños que viven en las calles denunciaron las deficiencias de la Misión Negra Hipólita, destinada a ayudar a personas que están en situación de calle. Concordaron en que los últimos días ofrecen platos como una sopa de cabeza de pescado o auyama sola. Por tanto, prefieren comer lo que consiguen en sus recorridos. “Cuando vas para allá lo que te ponen es a barrer en las calles y lo que te dan es algo de comida. A ellos es a los que el gobierno les da y les paga”, señaló Vicente, al referirse a los empleados de la misión.

La capital del rebusque

Justo al lado de Plaza Venezuela está Sabana Grande, zona comercial y recreativa de la ciudad y uno de los puntos principales de la parroquia El Recreo. Los transeúntes circulan sin parar, las tiendas de ropa y calzado son el principal atractivo. Al sur está la avenida Casanova; al norte, la avenida Francisco Solano. Si bien el gobierno mantiene la imagen del bulevar, las dos avenidas están derruidas y sometidas a los robos del hampa. En estas circunstancias es que trabajan Orlando Herrera y Yeiber González. En el transcurso del día van con sus compañeros de esquina en esquina de la avenida Solano, recogen cartones, papeles y todos los materiales reciclables que botan los establecimientos.

Herrera, de 60 años de edad, es un hombre de piel bronceada, mirada severa; barba y cabellos blancos, las arrugas se notan en su rostro, pero demuestra fortaleza. Hace año y medio era albañil, pero se quedó sin trabajo. “Uno no puede ya ni caminar por la inseguridad y no se consigue nada que comer. Cuando nos llega la poquita comida del CLAP se nos acaba rápido. En la Caracas de antes uno podía hasta dormir en la calle, hoy en día no se puede”, explica el hombre, quien contó que sus hijos deben ayudarlo a mantener el hogar. Para ello, tuvieron que dejar los estudios e irse a trabajar.

González tiene entre 20 y 30 años. Con sus ojos castaños veía con cierta desconfianza la conversación de su compañero, pero demuestra su disposición a ser entrevistado tiempo después. Destaca que tiene dos hijos y lo poco que gana no le alcanza para mantenerlos. “No hay trabajo y la mayoría de la gente lo que hace es irse a la calle para rebuscarse. Si se quedan en su casa se mueren de hambre y si buscan trabajo pierden tiempo”, agregó.

“En la casa se pasa hambre”

La parroquia Leoncio Martínez es una de las más concurridas del municipio Sucre del estado Miranda. Las calles con huecos, los botes de agua y los robos son sus problemas más fuertes. En esa situación también entra la mendicidad y los estragos de la crisis. Acostado debajo del elevado de Los Dos Caminos estaba Yhonnander, un joven de al menos 20 años, que estaba acompañado de una mujer, dos hombres y un niño. Su piel blanca se contrasta con el sucio de sus manos y el color rojo de unas cicatrices pequeñas que tenía en la cara. Con seis hermanos pequeños que atender, se va habitualmente a escudriñas entre la basura para buscar comida. En ocasiones no siempre logra conseguir suficiente para él y solo les da a los pequeños. “Hay muchos niños en la calle porque en la casa lo que hacen es pasar hambre. Se acuestan en la cama en espera de que alguien de su familia les lleve algo. Eso no cuadra, por eso salen a la calle a rebuscarse”, concluyó.